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· 17 abril 2018

El oficio del Guitarronero

Su carácter solemne, su origen incierto y la belleza de sus recursos sonoros han convertido al guitarrón en el instrumento predilecto durante las actividades ceremoniales de las comunidades rurales de la zona central de Chile, donde sirve de acompañamiento musical al canto a lo humano y al canto a lo divino.

Para poder hablar de una práctica musical es fundamental dar cuenta de las personas que la cultivan y, especialmente, de quienes ejecutan los instrumentos. El músico, ejecutante, tañedor o tocador adquiere una identidad particular de acuerdo a su hacer musical. Este es el caso del guitarronero, encargado de mantener vivo el acervo del guitarrón y el canto a lo poeta, actividades tradicionalmente asociadas a los hombres.

Su carácter solemne, su origen y la belleza de los recursos sonoros que posee han convertido al guitarrón en el instrumento predilecto durante las actividades ceremoniales de las comunidades rurales de la zona central de Chile, donde sirve de acompañamiento musical al canto a lo humano y el canto a lo divino enruedas y vigilias. Los guitarroneros conocen la estructura poética del canto en décimas -también denominado “canto en verso” o “canto espinel”- que constituye la base para los toquíos del guitarrón y sus variadas entonaciones o melodías.

Según el musicólogo Carlos Lavín, a fines del siglo XIX y principios del XX, figuraron ejecutantes y lutieres -constructores de instrumentos musicales de cuerda- en distintas localidades a lo largo del país: “Aniceto Pozo (guitarronero) de Renca y destacado informante del profesor Rodolfo Lenz; C. Silva (guitarronero), conocido en Santiago como payador; Anselmo Velárdez (guitarronero) de Santiago; Ramón Reyes (guitarronero) de Barrancas y otros. Todos ellos integraron la gran escuela instrumental de este género, legando estas dotes a la última generación, esparcida en todo el país. Militan en esta falange: Amaro Garrido, de Barrancas, Julio Morales, de Andacollo y Manuel Quiroga Quiroz, Antonio Venegas Vargas, Gilberto Ávila Aguirre y Luis Guerra Seura, todos ellos guitarroneros de Mejillones” (“El rabel y los instrumentos chilenos”. Santiago: [s.n.], 1955, p. 10).

En el transcurso del siglo XX, el guitarrón amenazó con desaparecer. A través de las grabaciones que Juan Uribe Echevarría (1908-1988), estudioso del folclor y las tradiciones chilenas, realizara durante la década del sesenta, sabemos que por esos años la práctica del guitarrón se concentraba casi exclusivamente en Puente Alto. Esta situación motivó la intervención de la Universidad de Chile en la enseñanza y proyección del guitarrón. En 1972, el mismo Uribe Echevarría contactó al cantor pircano Santos Rubio (1938-2011) para que ejerciera como profesor de un taller de guitarrón; sus alumnos fueron, primero, tres cantores a lo divino que vivían en la ciudad de Santiago, pero posteriormente Rubio enseñaría también a payadores urbanos y estudiantes universitarios que, traspasando su conocimiento a otros interesados, pudieron contribuir a la expansión de la práctica del guitarrón. Según el antropólogo Claudio Mercado, a partir de estas experiencias, “el instrumento salió de Pirque y se extendió desde la tercera a la décima región” (Mercado, Claudio. “Guitarroneros pircanos. Sueños de 25 cuerdas”, Actas 5º Congreso chileno de Antropología, Tomo I, 2004, p. 616).

Desde el último tercio del siglo pasado, el guitarrón ha gozado de nueva vida. En los años ochenta se realizaron producciones fonográficas en las que se registraron encuentros de guitarroneros, como el caso del encuentro de payadores realizado en 1981 en el Festival Folklórico de San Bernardo, que contó con la participación de Pedro Yáñez, Jorge Yáñez, Benedicto “Piojo” Salinas (1948-2008) y Santos Rubio.

En la década de 1990, se destacan las iniciativas de los poetas y cantores Francisco Astorga y Alfonso Rubio, hermano de Santos. Astorga impartió talleres donde enseñó a tocar guitarrón en la Universidad de Ciencias de la Educación (UMCE) y Rubio, hacia fines de 1990, comenzó a hacer clases en Puente Alto a estudiantes universitarios, folkloristas y personas interesadas en el arte del guitarrón. Este taller, patrocinado por la Municipalidad de Puente Alto, significó no solo una revitalización del guitarrón, tanto en la Provincia Cordillera como en la Región Metropolitana, sino que también la revitalización de una experiencia oral y grupal que ha motivado, en los últimos años, el rescate de la práctica y la construcción del guitarrón en zonas urbanas cercanas a la capital.

A comienzos de este siglo, se creó la agrupación Herederos del Guitarrón Chileno, que reunió al grupo de guitarroneros de Pirque hasta el año 2010. Esta agrupación realizó ocho encuentros nacionales de guitarroneros y colaboró en la publicación de revistas y discos compactos que dan cuenta de diversos aspectos de esta práctica musical. También podemos destacar el aporte de Claudio Mercado, secretario de la desaparecida agrupación, quien además de practicar el guitarrón ha dedicado largos años a la investigación y difusión de este instrumento, realizando durante 2003 un registro audiovisual sobre Osvaldo “don Chosto” Ulloa (1936-2010) y el año 2007, junto a Gerardo Silva, el documental Cantando me amaneciera.

 

En los últimos años, la práctica del guitarrón se conserva en su forma tradicional con experimentados poetas y cantores, como Juan Pérez Ibarra (Santa Rita de Pirque), Pedro Yáñez (Campanario, Región del Biobío) y las tres generaciones Madariaga -padre, hijo, nieto, todos ellos llamados Arnoldo- (Casablanca, Región de Valparaíso), junto a nuevas generaciones que mantienen la práctica del canto a lo poeta, como Dángelo Guerra y Erick Gil, pero que también cuentan entre sus exponentes a cantores que han incorporado al guitarrón a otros géneros y contextos musicales, como Manuel Sánchez.